Hugo Hinojosa
Hay logros que se miden en ausencias. El estado de Jalisco terminó 2025 con la cifra más baja de homicidios dolosos en seis años, y esa realidad merece ser leída con la atención que le corresponde, sin la costumbre cívica de minimizar lo que funciona.
Los números son elocuentes. En diciembre de 2025 se registraron 90 homicidios dolosos en la entidad, frente a los 205 del mismo mes en 2019. Una reducción de 56.1 por ciento que no llegó de golpe, sino como resultado de una política sostenida a lo largo de varios años de gestión estatal. El promedio diario pasó de 7.32 homicidios en 2019 a 3.27 en 2025. Cada punto decimal en esa cifra es una vida.
Lo que hace especialmente significativo este resultado es su carácter estructural. No se trata de un mes excepcional ni de una estadística favorable en un contexto desfavorable. La tendencia descendente es consistente y el posicionamiento nacional lo confirma: Jalisco es hoy el séptimo estado con mayor reducción porcentual de homicidios en el país, con una baja de 33.3 por ciento solo entre 2024 y 2025. Y ha salido del grupo de las siete entidades que concentran más del 50 por ciento de los homicidios nacionales, un umbral que durante años fue difícil de cruzar. En la tasa por 10 mil habitantes, ocupa el lugar 15, con un indicador de 1.44, lo que habla de una entidad que ha reconfigurado su perfil de seguridad de manera profunda y verificable.
El resultado no es solo estadístico. Detrás de estas cifras hay decisiones de política pública concretas: el programa Legado para los 6,156 policías del estado y sus familias, la incorporación de más de 700 vehículos a la flota policial, la construcción del nuevo C5, el fortalecimiento de la Fiscalía con un incremento del 33 por ciento en aprehensiones y del 21 por ciento en vinculaciones a proceso, y la instalación de inhibidores de señal en centros penitenciarios. Estas acciones componen un ecosistema institucional que ayuda a explicar la dirección de los números. La seguridad pública de largo aliento no se improvisa: requiere financiamiento, organización y continuidad.
Vale también reconocer la dimensión humana de estos datos. Detrás de cada homicidio que no ocurrió hay una familia que no fue destruida, un barrio que no fue marcado por el duelo, una comunidad que pudo seguir funcionando con normalidad. La reducción de 55 por ciento en el promedio diario de homicidios respecto a 2019 no es una cifra abstracta: es el equivalente a cientos de historias que no tuvieron que escribirse en la sección de sucesos.
Con el Mundial de Futbol 2026 aproximándose, Jalisco llega con una posición reputacional sólida frente a otras sedes del país. La seguridad no es un activo decorativo para un evento de esa magnitud: es condición necesaria para la derrama económica, para la imagen internacional y para que los jaliscienses puedan vivir el torneo con orgullo y sin sobresaltos. Las delegaciones, los medios internacionales y los millones de aficionados que llegarán a Guadalajara no distinguen entre discursos y realidades: miran datos, perciben entornos, consultan rankings. Y en ese escenario, Jalisco tiene hoy una historia que contar con evidencia verificable.
Reconocer lo que funciona no es ingenuidad política. Es la base para exigir continuidad, para elevar el estándar y para que la sociedad jalisciense pueda hacer lo que merece: evaluar a sus instituciones con información real, no con rumores ni con narrativas construidas desde la polarización. Los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública son públicos, verificables e independientes de cualquier relato oficial. Y esos datos dicen que Jalisco, en materia de homicidios, avanza en la dirección correcta.







