
La ubicación ártica y los recursos de Groenlandia la han convertido en un punto estratégico clave, motivo por el que Donald Trump impulsó su posible anexión a Estados Unidos
Groenlandia, el territorio insular más extenso del planeta, ha dejado de ser vista únicamente como una región remota dominada por el hielo para convertirse en una pieza central de la geopolítica global. Aunque forma parte del Reino de Dinamarca bajo un régimen de amplia autonomía, su posición estratégica y su potencial económico han despertado un renovado interés por parte de Estados Unidos, particularmente durante la administración de Donald Trump.
El valor de Groenlandia se explica, en gran medida, por su localización en el Ártico, una región que ha adquirido relevancia acelerada debido al cambio climático y a la competencia entre potencias. Desde la isla es posible vigilar y controlar rutas marítimas emergentes que conectan el Atlántico Norte con el océano Ártico, además de servir como punto de enlace estratégico entre América del Norte y Europa. Este factor resulta clave en un escenario de tensiones crecientes entre Estados Unidos, Rusia y China.
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Washington mantiene desde hace décadas una presencia militar permanente en Groenlandia. La base de Pituffik, conocida anteriormente como Thule, es la instalación estadounidense más septentrional y cumple funciones de alerta temprana, vigilancia espacial y detección de misiles. Su operación, bajo acuerdos bilaterales con Dinamarca, refleja la importancia que la isla tiene para la arquitectura de defensa del hemisferio norte.
El interés estadounidense no surgió con Trump. En 1946, en los albores de la Guerra Fría, el entonces presidente Harry S. Truman ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares en oro para adquirir la isla, una propuesta motivada por consideraciones estratégicas. Desde entonces, Groenlandia ha sido evaluada de manera constante como un punto crítico para la seguridad del Atlántico Norte.
No obstante, el tema cobró nueva fuerza en 2025 y 2026, cuando Donald Trump volvió a plantear públicamente la posibilidad de que Estados Unidos adquiriera o ejerciera mayor control sobre el territorio. El entonces mandatario calificó a Groenlandia como “una necesidad absoluta” para la seguridad nacional estadounidense y señaló que se analizaban distintos escenarios, desde acuerdos de asociación hasta fórmulas más controvertidas.
Estas declaraciones provocaron fricciones diplomáticas con Dinamarca, aliada de Estados Unidos en la OTAN, que reiteró que Groenlandia “no está en venta” y subrayó la vigencia de su soberanía. El rechazo también fue contundente por parte de las autoridades locales groenlandesas, que insistieron en su derecho a la autodeterminación.
Más allá del factor militar, Groenlandia concentra importantes reservas de minerales estratégicos, entre ellos tierras raras fundamentales para tecnologías como vehículos eléctricos, energías renovables y dispositivos electrónicos avanzados. A ello se suman yacimientos de cobre, zinc y oro. Aunque actualmente la explotación de hidrocarburos está prohibida por razones ambientales, el deshielo progresivo abre expectativas sobre el acceso futuro a recursos antes inaccesibles.
Pese a la presión internacional, la población de Groenlandia ha dejado claro que su futuro no pasa por la anexión a otra potencia. Para sus líderes, el creciente interés global refuerza la necesidad de consolidar su autonomía y decidir su destino sin imposiciones externas.







