
Tras un sismo, el cuerpo tarda en recuperar el equilibrio. Especialistas explican qué conductas evitar y qué reacciones son normales para no prolongar el estrés
Cuando ocurre un sismo, el organismo activa un mecanismo de defensa diseñado para la supervivencia. El ritmo cardiaco se acelera, la respiración se vuelve superficial y la sangre se concentra en las extremidades. Aunque el movimiento telúrico termine en segundos, la respuesta química del cuerpo puede mantenerse durante horas y provocar una sensación de tensión que no desaparece de inmediato.
De acuerdo con explicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Secretaría de Salud, el estrés agudo posterior a un sismo suele impactar de forma directa en el sistema digestivo y en el estado emocional. Comprender este proceso permite enfrentar el miedo con mayor claridad y evitar conductas que prolonguen el malestar.
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Especialistas coinciden en que, tras un susto intenso, es importante no realizar acciones que incrementen la ansiedad. Forzar a una persona a narrar lo ocurrido puede ser contraproducente, ya que cada individuo procesa la experiencia a su propio ritmo. También se recomienda evitar la difusión de creencias erróneas, como el mito de que un susto provoca diabetes, pues este tipo de afirmaciones no tienen sustento científico y generan alarma innecesaria.
Otra conducta que debe evitarse es el aislamiento prolongado cuando la angustia es intensa. Buscar compañía ayuda a regular los niveles de cortisol y brinda una sensación de seguridad. De igual forma, minimizar el miedo con frases que invalidan la emoción impide liberar la tensión acumulada. Reconocer el temor y permitir espacios de calma favorece que el sistema nervioso retome su equilibrio.
Tras un sismo, es común experimentar temblores corporales, sensación de irrealidad, falta de apetito o alteraciones del sueño. Estas reacciones forman parte del proceso natural de descarga de adrenalina y suelen ser transitorias. Culturalmente, este estado se ha descrito como la pérdida del “Tonalli” o fuerza vital, una forma simbólica de explicar el impacto del susto en el cuerpo.
Sin embargo, existen señales que requieren atención si se prolongan. El dolor de estómago persistente, el frío constante en manos y pies, la sensación de desconexión total o el insomnio por varios días indican que el estrés superó la capacidad de afrontamiento inmediato. En estos casos, es recomendable buscar orientación profesional.
Para facilitar la recuperación, los especialistas sugieren medidas sencillas que indiquen al cerebro que el peligro ya pasó. Comer un trozo de pan puede ayudar a reducir la acidez gástrica, la respiración profunda disminuye la frecuencia cardiaca y el contacto físico genera una sensación de calma. Retomar de manera gradual las rutinas cotidianas también contribuye a recuperar la sensación de control y bienestar tras el susto.







