
En México, la depresión impacta con mayor frecuencia a mujeres jóvenes y adultas, una brecha asociada a factores biológicos, sociales y de género que persisten
La depresión es un trastorno complejo que no se limita a la tristeza persistente ni se expresa de la misma forma en todas las personas. Su aparición y evolución están influidas por condiciones biológicas, sociales y culturales que, en conjunto, explican por qué las mujeres presentan mayores tasas de este padecimiento tanto en México como a escala mundial.
Diversos organismos internacionales coinciden en que la diferencia entre hombres y mujeres no es circunstancial. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 5 por ciento de la población adulta vive con depresión, pero al desagregar los datos por sexo se observa que la prevalencia es mayor en mujeres que en hombres. Esta brecha implica un riesgo significativamente más alto para ellas a lo largo de su vida.
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En el ámbito regional, la Organización Panamericana de la Salud ha advertido que más de mil millones de personas viven con algún trastorno de salud mental, principalmente depresión y ansiedad, y que los sistemas de atención son insuficientes para responder a esta demanda, sobre todo en grupos con mayores condiciones de vulnerabilidad.
La situación en México refleja esta tendencia global. Registros del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones indican que, de enero a septiembre de 2024, se otorgaron más de 300 mil atenciones por depresión, de las cuales casi ocho de cada diez correspondieron a mujeres. Este dato muestra no solo una mayor prevalencia, sino también una mayor búsqueda de apoyo profesional por parte de ellas.
Especialistas señalan que esta diferencia no significa que los hombres padezcan menos depresión, sino que enfrentan mayores barreras culturales para reconocer el malestar emocional y solicitar ayuda. En contraste, las mujeres suelen acudir con mayor frecuencia a los servicios de salud, lo que también influye en las estadísticas.
Los contrastes por grupo de edad refuerzan el patrón. En la población de 20 a 29 años, las mujeres presentan una mayor proporción de casos en comparación con los hombres, y la brecha se amplía entre los 30 y 49 años. Estas etapas coinciden con periodos de alta presión laboral, económica y familiar.
Detrás de estas cifras convergen múltiples factores. Desde el punto de vista biológico, los cambios hormonales asociados al embarazo, el posparto y la menopausia incrementan el riesgo de depresión. En el plano social, la desigualdad, la violencia de género, la precariedad laboral y la sobrecarga de trabajo no remunerado impactan de manera directa en la salud mental de las mujeres. A ello se suman las expectativas de género y la llamada doble o triple jornada, que elevan el estrés crónico.
La depresión afecta de forma profunda la vida cotidiana, el desempeño laboral, las relaciones personales y la salud física. Aunque las mujeres concentran más diagnósticos, los hombres presentan mayores tasas de suicidio, lo que evidencia la necesidad de atender la salud mental con un enfoque integral y sin estigmas.
En conjunto, los datos confirman que la depresión es un problema de salud pública en expansión que requiere políticas sensibles al género, mayor prevención, diagnóstico oportuno y acceso efectivo a tratamiento para reducir su impacto en millones de personas.







