Redacción. Ciudad de México a 09 de abril del 2026.
En política hay sucesiones que se resuelven con disciplina partidista. Y hay otras que terminan convertidas en un examen de memoria, cálculo, símbolos y poder. La de Sonora rumbo a 2027 puede ser una de ellas. Para leerla bien conviene apartar el ruido de siempre y mirar los hechos duros, no los rankings de ocasión.
El primero es decisivo. La gubernatura que estará en juego en Sonora en 2027 será de sólo tres años, no de seis. La Corte validó esa ruta y ese detalle modifica por completo el tablero. Reduce riesgos, acorta compromisos y vuelve la plaza especialmente atractiva para perfiles que no quieren hipotecar demasiado tiempo de su futuro en una estación local.
Por eso el nombre de Luis Donaldo Colosio Riojas no debe leerse como simple especulación. Una gubernatura corta le acomoda. Le permitiría reconectar con la tierra de su padre, construir una plataforma ejecutiva propia y mantener abierto el horizonte nacional. Movimiento Ciudadano ya dejó correr esa posibilidad en Sonora y el propio Colosio ha dejado ver que no descarta proyectos mayores. Sonora, para él, no sería necesariamente destino final. Podría ser escala.
Y ahí aparece el verdadero nudo de esta historia. No sólo quién puede competir, sino qué hará Alfonso Durazo si ese escenario toma forma. Durazo no mira el apellido Colosio como cualquier otro actor político. Su propia biografía oficial recuerda que fue secretario particular de Luis Donaldo Colosio en etapas centrales de su carrera. Esa cercanía no fue ornamental. Fue política, personal y formativa.
Pero la historia de Durazo también enseña otra cosa. No ha sido un político lineal. Su recorrido público está marcado por brincos fuertes entre proyectos distintos en momentos de reacomodo del poder. Del círculo íntimo de Colosio pasó a Vicente Fox, con quien también fue secretario particular y vocero, y después terminó incorporado al proyecto de López Obrador, desde donde llegó al gabinete federal y luego al gobierno de Sonora.
Cada lector puede ponerle el nombre que quiera a ese patrón: instinto, adaptación, cálculo o lectura anticipada del futuro. Lo relevante es que existe. Y por eso la pregunta en Sonora no es sólo a quién respaldará en el discurso, sino qué tan intensamente estaría dispuesto a jugar cuando enfrente tenga una candidatura cargada de simbolismo y de futuro.
Además, Morena no llega vacío a esa sucesión. Llega con figuras visibles y con una pelea interna que ya empezó a tomar forma. María Dolores del Río confirmó que buscará la candidatura. Célida López también anunció que participará en el proceso interno. Javier Lamarque ya se mueve en clave sucesoria y Heriberto Aguilar ha empujado la idea de construir una candidatura de unidad antes de llegar a una competencia desgastante.
El propio Durazo ha dicho que vería con buenos ojos una salida de unidad. Eso significa que el gobernador no sólo tendrá que administrar una eventual presión externa. También tendrá que ordenar a los suyos.
Dentro de ese bloque, la figura que hoy parece mejor colocada es Lorenia Valles. No porque tenga resuelta la candidatura, sino porque combina varios activos que pesan en una interna de este tipo. Tiene presencia pública sostenida, ha dicho abiertamente que gobernar Sonora es una posibilidad que no le es ajena y aparece en la conversación como un perfil capaz de entrar en una lógica de convergencia más que de confrontación.
María Dolores del Río ya se metió de lleno a la pelea. Heriberto Aguilar juega como operador e impulsor de acuerdos. Javier Lamarque y Célida López son cartas reales. Pero si hoy hubiera que señalar a la morenista más posicionada en términos de viabilidad integral, esa lectura apunta a Lorenia.
Hasta ahora, Durazo ha mandado una señal de cautela frente al tema Colosio. Dijo que sería atípico que un senador en funciones por otro estado buscara gobernar Sonora, aunque reconoció que legalmente cumple con los requisitos. La palabra importa. No es una bienvenida. Tampoco es una ruptura. Es una manera de fijar distancia sin incendiar el escenario. Y en política, muchas veces, la temperatura real del poder se mide mejor en esas reservas que en los discursos encendidos.
Del lado opositor, Antonio Astiazarán sigue siendo la figura con credenciales más verificables. Fue reelecto en Hermosillo con 45.34 por ciento de los votos, un dato que lo vuelve un actor tangible, no decorativo. Tiene resultados, base urbana y una narrativa de gestión que no depende sólo de promesas.
Pero incluso ese tablero podría alterarse si la conversación pública empieza a girar menos alrededor de estructuras y más alrededor de símbolos. Ahí el apellido Colosio pesa distinto y obliga a todos a recalcular.
Ese es el fondo del tema en Sonora. La sucesión puede terminar revelando menos quién tiene hoy la mejor maquinaria y más qué clase de decisión está dispuesto a tomar Alfonso Durazo cuando se crucen la lógica del partido, la memoria política y la tentación de leer futuro en un apellido que conoce demasiado bien.
Porque a veces el poder no se traiciona de frente. A veces basta con no emplearse a fondo. Y si algo sugiere la biografía política de Durazo, es que rara vez se queda inmóvil cuando siente que el centro de gravedad está por moverse.



