Trump y compañía

PacoZea.com

Este país no es serio ni siquiera en la crítica más ácida. Respeto mucho a Juan Gabriel como cantautor, sin duda, de los más prolíficos de la historia de México, un ídolo para millones y un símbolo para otros tantos. Mientras las lágrimas corrían por nuestras muy “dignas y diversas mejillas”, la gasolina subió y las tarifas eléctricas en el rubro comercial se aumentaron hasta en un 9.4%. No discuto el duelo ni el dolor, pero sí el enfoque. De la misma forma por un diferendo, lentejuelero, tuvo que renunciar Nicolás Alvarado, director de TV UNAM. El dichoso palabrero no es ni mi amigo ni santo de mi devoción, es una mezcla entre payaso e intelectual. Pero si no le gusta la chaquira me parece que tiene su más íntimo derecho a expresarlo sin perder su trabajo y sin ser increpado por sus opiniones. La realidad es que insultar a Juan Gabriel cuando hemos sido condenados a la orfandad musical es más grave que agraviar a la progenitora.

De la misma forma ha sido juzgada la decisión del Presidente de invitar a Donald Trump. Los memes han sido lapidarios, las críticas demoledoras. Creo que defender al Presidente es una empresa destinada a la crítica. No obstante, no podemos ser tan simples como para pensar que Peña Nieto se reunió un día por la mañana con el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y entre los dos decidieron invitar al copete más rápido del Oeste. Pese a que se considere que este gobierno no tiene conciencia, cualquiera puede haber previsto la reacción de los ciudadanos ante la recepción del candidato en cuestión.

Yo no quiero ser agorero de las teorías de la conspiración. No vengo a presumir en estas líneas que sé el motivo oculto de la reunión Peña-Trump, pero estoy seguro de que para asumir el desprestigio existieron razones de peso que empujaron al gobierno mexicano a aceptar la reunión.

Este hermoso y desmemoriado pueblo debe de recordar que en 1980, José López Portillo decidió apoyar a un candidato a la presidencia de EU, en este caso Jimmy Carter, en su intención de reelegirse como mandatario de EU, en contra de un adversario ridículo y mediocre, mal actor, mal candidato, de nombre Ronald Reagan, sentenció el futuro del país, ocho años de muy rasposa relación con los vecinos del norte, que se tradujeron en los peores años de la economía nacional en la era moderna.

Mención aparte merecen las manifestaciones de nacionalismo acedo y rancio de muchos legisladores, pasando desde Barbosa y terminando con Cuevas. De dar pena ajena las filas interminables de políticos oportunistas que envueltos en la bandera nacional se dirigían al Castillo de Chapultepec a inmolarse en defensa de la soberanía nacional.

No quiero malas interpretaciones, el estúpido de Trump me cae tan mal como a usted, querido lector. Es patético e imbécil, pero en los números puede ser Presidente de EU. Y si eso pasa, ¿nuestros patrióticos legisladores retiraran sus exabruptos en contra de su persona?

De verdad, hay personas que se equivocan en su análisis. Trump no es más que un comerciante. Y le importa más que nada acrecentar su marca, es decir su nombre. Y con su visita a México y todas las menciones que hicimos de su nombre sólo ayudamos a que su negocio tenga más ceros.

Huelga decir que entiendo lo políticamente incorrecto de mi comentario, asumo las mentadas de madre y los calificativos que se pondrán debajo de esta columna, respetuosamente me valen, pero los entiendo en la disputa política y en el enojo colectivo.

EN EL ESTRIBO.– Estuve por casualidades de la vida en Paseo Interlomas este fin de semana. Celebro que Huixquilucan se esté volviendo un polo de desarrollo comercial e inmobiliario. Agradezco sus vialidades, qué maravilla que un municipio albergue un centro comercial de esta estatura y que esté repleto hasta las cachas. Algo se debe estar haciendo bien.

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