Recordando a Winston Churchill, el gran estadista #ElOpinador

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Winston Churchill sabía escuchar y rectificar si cometía un error, y le gustaba rodearse de colaboradores que lo contradijeran sobre todo ante sus decisiones impulsivas

Un día como hoy, pero de 1965 murió Winston Churchill, el reportero, pintor, militar, lector, escritor, estadista, parlamentario y primer ministro que sin duda cambió el curso de la historia.

Huraño, pero a la vez carismático y seductor, así era como definían a Winston Churchill, aquel ganador del Premio Nobel de Literatura en 1953 que gustaba del champán, el whisky y los puros, aunque fueran en el desayuno. Y qué mejor manera de recordarlo que a través de sus anécdotas.

Se dice que su afición por el desarrollo de las armas lo llevó a idear una plataforma rodante con un cañón que fuera capaz de librar las trincheras del enemigo, por lo cual ha sido considerado como el padre de los tanques de guerra.

Fue un amante de la velocidad y adicto al riesgo. De joven estuvo a punto de morir en un accidente aéreo, y a pesar de sus derrotas, por más humillantes que estas fueran, el siempre se apegaba a su férrea voluntad que lo hacía recuperarse rápidamente.

Tenía un extraño sentido del humor, era un gran amante de los gatos, sin embargo cuentan que una vez mientras veían la película Oliver Twist, había una escena donde uno de los personajes intentaba ahogar a su perro para despistar a la policía.

Rápidamente Churchill le tapó los ojos a Rufus, su perro, mientras le susurraba al oído: no mires ahora querido, luego te cuento qué pasó.

Era un hombre de lealtad indiscutible, pero pocas veces se quedaba callado. En una ocasión, después de una acalorada discusión en el parlamento británico, Lady Astor, la primer mujer legisladora le dijo que si ella fuera su mujer, le pondría veneno en el té.

Winston Churchill con toda calma, se quitó los lentes y en medio de un gran silencio respondió: y si yo fuera su marido, me lo bebería con gusto.

Sabía escuchar y rectificar si cometía un error, pero le gustaba rodearse de colaboradores que lo contradijeran sobre todo ante sus decisiones impulsivas. Llego a tener pleitos con Charles de Gaulle y por supuesto Hitler, pero con quien nunca pudo fue con Clementine, su esposa.

Era tal la influencia sobre el que una vez le mandó una carta reprochándole el trato tan altivo que tenía con su equipo de trabajo, ¿que hizo el? Pidió perdón y humildemente prometio enmendar su conducta.

Winston Churchill nos dejó cientos de frases célebres, mi favorita: “Un político se convierte en estadista, cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

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