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SÍ o no ¡Lo decido yo! #REPORTAJE

Ella es libre de cambiar de parecer, sin miedo a la reacción de la otra persona

Por Cachivache: Emilio Del Castillo y Jordana San Luis

En una sociedad donde la cultura de la violación está normalizada, los movimientos feministas como el “Me Too”, “Cuéntalo” o “Un violador en tu camino” han luchado por una legislación que sancione el no consentimiento sexual y permita crear una profunda transformación de las relaciones sexuales donde el abuso no sea la moneda de cambio y se respete el consenso entre las personas involucradas.

La cifra que el INEGI ha arrojado de 145 mil denuncias de violaciones y abusos sexuales entre 2014 y 2018 demuestra la necesidad de educar y regular sobre el consentimiento, pero también de definirlo en parámetros legales, pues solo cinco de cada 100 denuncias culminan en sentencia y el 95%  quedan impunes. La razón es que se cree que solo es violación cuando hay violencia física y solo es abuso cuando no hay consentimiento, el problema  es que la definición de consentimiento es  aún ambigua.

Si la víctima no forcejea o no dice explícitamente “no” entonces se cree que hay consentimiento, cuando en realidad el rechazo se manifiesta de distintas formas. Debido a que estos matices no están definidos legalmente, existen casos que no son procesados como violación. El más conocido es el de “La Manada” ocurrido en 2016 en Pamplona, España, en el que cinco hombres violaron a una mujer pero no fueron castigados por violación sino por abuso sexual porque no hubo violencia y ella se mostró “pasiva y neutral” sin negarse explícitamente.

El acontecimiento motivó la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual que puso en el centro el consentimiento sexual,  como una ley del “solo sí es sí”. Además de España, hasta el momento son diez países los que han definido la violación como toda relación sexual sin consentimiento: Islandia, Irlanda, Reino Unido, Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Portugal, Grecia y Suecia

Reino Unido fue el primer país desde 2003 que lo  tipificó como aceptar mantener relaciones sexuales por su propia elección y con la libertad y capacidad de tomar esa decisión”, según la ley de Agresiones Sexuales. Suecia le siguió en  2018 cuando integró el delito por “violación negligente” cuando se perpetúa el acto en abuso de poder y vulnerabilidad de la víctima, aun con el conocimiento de que no hubo consentimiento expreso.

Esto quiere decir que la pasividad tampoco implica un sí. Según Naschla Aburman,  subdirectora de Fundación Miles Chile, esto es importante ya que en la mayoría de los casos las víctimas no pueden reaccionar, “además de forcejear existe otra reacción natural al peligro de la que no se habla, que es paralizarse. También se conoce como inmovilidad tónica y es una reacción de defensa, no de consentimiento”, explica.

El consentimiento implica la capacidad para acceder libremente a mantener relaciones sexuales con otras personas. El problema es que no son considerados como delito aunque sean “un continuo de actos que deterioran la libertad sexual de las mujeres”  como lo llama Liz Kelly, socióloga y directora de la Unidad de Estudios sobre Abuso Infantil y Femenino de la Universidad Metropolitana de Londres. Por ello, es necesario una legislación que no cuestione el comportamiento de la víctima ni deje impune al abusador.

Camino legal del consentimiento

En 2014 Olimpia Coral Melo, una chica de 18  años de Puebla grabó consensuadamente un video sexual con su novio pero tiempo después se difundió sin su consentimiento y se volvió viral en redes sociales. Esto provocó que fuera víctima de acoso en redes sociales, cada día recibía solicitudes de hombres pidiendo favores sexuales o chantajeándola para bajar el video así como comentarios despectivos hacia su cuerpo. Incluso un periodico local la llamó “La gordibuena de Huachinango”, apodo por el que sería conocida desde entonces.

Olimpia sintió tal presión que tuvo que encerrarse en su casa durante ocho meses en los cuales intentó suicidarse en tres ocasiones. Ella cuenta que “cada like, cada compartir que dieron de ese video, el que difundieron sin mi consentimiento fue como si me hubiesen violado sin ni siquiera penetrar mi cuerpo”. Pasado el tiempo ella comprendió que no tenía la culpa por disfrutar de su sexualidad, como le dijo su madre “todas cogemos, la diferencia es que a ti te ven cojer”, y que había sido víctima de un tipo de violencia que no identificaba.

A partir de que en el Ministerio Público le dijeran que eso no era delito cuando intentó meter una denuncia, reunió a otras víctimas de acoso cibernético y difusión de su contenido íntimo sin consentimiento e impulsaron una ley de acoso digital, como reforma a los delitos contra la intimidad sexual. En el Palacio Municipal ella tuvo que aceptar que era su video, demostró que había más víctimas como ella y mostró con capturas de pantalla quiénes daban like y compartían su contenido íntimo.

La ley que fue aprobada por el Senado hasta 2020 conocida como Ley Olimpia castiga con tres hasta seis años de prisión a quien difunda o elabore contenido íntimo sin el consentimiento de la persona implicada, categoriza la violencia sexual digitial como delito y sanciona la violencia mediática. Esta ley es el único indicio de legalización del consentimiento en México, sin embargo, solo cubre el espacio digital.

Aún así, es un buen antecedente para un país en el que según el INEGI, en 2019 más de 17.7 millones de personas fueron víctimas de ciberacoso, del cual 53.1% fueron mujeres. Ahora, hay una ley que las protege. Por otro lado, fuera del ámbito digital, en en el artículo 265 del Cógio Penal Federal, la violación sexual solo está definida en función de la violencia física o moral con la que se obligue a la víctima, o bien, la minoría de edad.

Gritos de hartazgo

El Me Too fue un notable ejemplo de la confusión entre consentimiento y coerción. Inició en Estados Unidos en 2007 con denuncias de millones de mujeres víctimas de abuso sexual, pero fue después de 10 años que al contar con la visibilidad de las actrices que usaban el hashtag para denunciar a productores de Hollywood, logró una poderosa atención mediática.

Las denuncias se esparcieron  por todo el mundo, se visibilizó el mismo fenómeno en todos los ámbitos sociales y públicos. Su influencia en México se manifestó cuando en  2018, Carmen Aristegui presentó una serie de entrevistas con personalidades del mundo del deporte, entretenimiento y cultura, quienes también denunciaron haber sido víctimas de acoso y violencia. Junto con el crecimiento del movimiento se creó el #MeTooEscritoresMexicanos como el primero de muchos nuevos hashtags y cuentas de Me Too mexicanas para compartir denuncias.

Este activismo feminista viralizó las vivencias de millones de mujeres que son parte del problema del abuso sexual porque de acuerdo con Silvina Álvarez, profesora de Filosofía del Derecho, son “comportamientos que se producen en un contexto de relaciones asimétricas de poder e influencias”. De esta forma, puede ocurrir que la mujer consienta, pero de forma coaccionada y, por tanto, no consensuada, y sin ser forzada es obligada mediante  manipulación o amenazas.

Otra movilización fue en 2019 cuando el colectivo feminista chileno Las Tesis con el performance “El violador eres tú”  evidenció, al grito de “y la culpa no era mía, ni como estaba ni como vestía”, el problema de la revictimización en el que suele responsabilizarse a las mujeres por ser abusadas y violadas y no al hombre que comete la violación, quien de hecho queda impune.

Ahora mujeres de todo el mundo que comparten las mismas historias salen a manifestarse en contra de  la violencia sexual. De acuerdo con Hilda Tellez, primera visitadora de la Comisión de Derechos Humanos en Ciudad de México, “justo a partir de esos movimientos sociales las mujeres están denunciando más los temas relacionados con acoso, hostigamiento y abuso sexual”.

Son varios los casos en que ni siquiera las víctimas saben que lo son porque las prácticas de violación están normalizadas:

Ana, 20 años :“Yo no sabía que era abuso, al principio era consensuado pero luego me lastimaba y yo le decía que no o gritaba de dolor pero no me escuchaba, y cada que volvía a suceder solo esperaba que terminara, no hacía nada al respecto porque yo no sabía que estaban abusando de mi. Me di cuenta año y medio después que me metí al feminismo que eso también es violación”.

La visibilización es importante ya que “ayuda a que socialmente seamos más conscientes y que el abuso les suceda a menos personas, cuando no hacemos ni decimos nada nos volvemos cómplices del abuso”, explica Tatiana Yedid Lastra, psicoterapeuta y sexóloga.

Junto a la precisión jurídica, la educación sexual se vuelve clave en la concientización del consenso sexual. Sofía Alessio, coordinadora nacional de la Red por los Derechos Sexuales y Reproductivos (Redefine) explica que “tenemos que empezar a reconocer que cualquier tipo de actividad sexual que se lleve a cabo sin el consentimiento de la persona es una violación”. Incluso si es con alguien que conoces, debe haber un acuerdo por las personas involucradas en la relación sexual.

El silencio no es consentimiento

El consentimiento debe ser libre, sin presión, manipulación, o influencia de drogas o alcohol. Es decir, tiene que hablarse de voluntad, como indica Hilda Téllez: “ Alguien se puede sentir comprometida a acceder a un acto sexual y consentir sin externar voluntad”, como puede ocurrir en situaciones de abuso de poder, intimidación o estado de inconsciencia, pero el silencio no significa que haya consentimiento.

El consentimiento también debe ser entusiasta, es decir, hacer lo que se desea y no lo que se espera que se haga, “tiene que ser un ‘sí, sí quiero’, y la otra persona tiene que, además de escucharte, ver físicamente que no estás diciendo que sí por estar presionado o quedar bien”, expresa Tatiana Yedid Lastra. La comunicación importa, tanto oral como corporal “la comunicación es erótica, hay que preguntarlo todo y estar muy pendiente de cómo se siente el otro”,  dice Mentxu Abril, experta en sexología y violencia de género, y colaboradora docente en la Fundación Sexpol.

El sí tiene límites, decir sí a un beso, solo es al beso, no a tener sexo. Carla, cuenta cómo al salir de una fiesta el sujeto con el que se había besado se metió a su coche, ella le dijo que no pero él insistió y se sintió obligada a aceptar que la acompañara. En el camino comenzó a tocarla, ella se negó pero “él ya no escuchaba lo que yo le decía, quería sexo y ya. Como nos habíamos besado, creía que yo también quería. No me hacía caso cuando le exigía que no”. Él comenzó a masturbarse y en su desesperación ella dio un volantazo, la llanta se ponchó y el hombre se fue dejándola abandonada en la calle. El sí a un beso no lleva implícito un sí a la relación, el consentimiento es específico.

También debe de haber un consenso en la forma de llevar la relación y de protegerse, por ejemplo, usar el condón si ese fue el acuerdo. Sin embargo, existen casos de “stealthing” como los de Ana en los que, “porque estaba drogado no sentía mucho y se quitó el condón sin que yo supiera cuando ya habíamos acordado usarlo”. El consentimiento es continuo y reversible, lo que implica que la persona es libre de cambiar de parecer y detener el acto en cualquier momento sin miedo a la reacción de la otra persona.

No obstante, hay quienes creen que el “solo sí es sí”, es un exceso, como el grupo de más de cien franceses, entre ellos Catherine Deneuve, Luis Buñuel, Francois Truffaut que en respuesta del Me Too redactaron y publicaron una carta en el periódico Le Monde en Enero de 2018. Argumentan que la fragilidad con la que se trata al consentimiento reprime la expresión y libertad sexual, “damos un paso más y dos adultos que quieran acostarse juntos tendrán que revisar por medio de una aplicación en su celular un documento que establezca lo que sí aceptan o no al hacerlo”, defienden en la carta.

Tras meses de denuncias desatadas por el MeToo discuten que pueden diferenciar de un coqueteo a un abuso sexual y aunque reconocen la violación como delito no creen que un coqueteo insistente y la caballerosidad lo sean, ni mucho menos que se trate como delincuente a alguien por “tocar una rodilla , robar un beso o hacer connotaciones sexuales a una mujer que no corresponde a sus sentimientos”, mencionan en la carta.

Para Martha Lamas, antropóloga e investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género  de la UNAM, “los usos y costumbres de la galantería de antes, como piropos o robar un beso son rechazados en chicas más jóvenes” que si bien es un rechazo legítimo “hay mucha hipersusceptibilidad con respecto a cosas que, desde mis esquemas, son una galantería o actos inocentes de connotación sexual”. Es evidente que el erotismo es subjetivo, pero también sugiere que es una cuestión generacional porque las jóvenes piensan que el consentimiento aún es erótico.

 Carolina, de 20 años: “El erotismo se trata de coordinación y comunicación, si hace algo que no me gusta no me excita, me incomoda”.

Un cambio fuera de la teoría

El problema de las denuncias y la calificación de delito sexual es que existen diferentes percepciones acerca de lo que es abuso así como una complicidad cultural machista que defiende y justifica esas actitudes. Karla Micheel Salas Ramírez, penalista experta en feminismo y derechos humanos, demuestra que los altos índices de impunidad que se registran en delitos sexuales se deben en parte a la ineficacia de las investigaciones jurídicas, pero sobretodo porque hay una normalización y tolerancia a lo que llama la “cultura de la violación”.

El problema no solo es jurídico sino también social, puesto que, según declara Hilda Téllez, “no es porque abiertamente se diga: está perfecto violar mujeres y niñas. sino que hay actitudes que se toleran como  minimizar las agresiones, no creerles a las víctimas, o creer que estas fueron las responsables de lo ocurrido”.

Los hombres no son el problema, los abusadores sí, pero ellos son producto de una enseñanza de roles en los que la mujer debe ser sumisa y respetar los deseos de un hombre, quien debe esforzarse por conquistar, sin escuchar los deseos de la otra persona.

Alexis: “Se nos inculca esta idea de que insistir te lleva a conquistar, y el hombre que asume su papel de conquistador no acepta un no porque no reconocen a la otra persona como un interlocutor válido y ese insistir puede convertirse en acoso fácilmente”.

Tamara Tenenbaum en “El fin de amor: querer y coger en el siglo XXI”, expone que “él aprendió que el éxito de una noche depende de que haya o no sexo y que en esa competencia el placer de ella es una cuestión secundaria, ella aprendió que a los varones hay que darles todos los gustos, que es más importante sostener su atención y ciertas cosas no decirlas para no arruinar el clima de una noche”. Esta educación las hace sentir comprometidas a continuar el acto sexual y ser complacientes a pesar de que se arrepientan, porque creen que ya es muy tarde o no es necesario.

Julia, 22 años:  “Siempre sentí culpa de detener a un chico durante el sexo si algo se sentía mal porque se volvía demasiado incómodo o doloroso. Sabía que no era gran cosa para mí aguantar un poco más con tal de no privarlo del placer”.

Por ello,  es primordial la forma en que se educa sobre sexualidad, no es solo saber sobre métodos anticonceptivos sino sobre consentimiento sexual, voluntad y comunicación. “las personas no deben sentirse estigmatizadas por hacerlo y  ser libres de decir que no en cualquier momento de la relación”,  dice Mentxu Abril.

Julia 22 años: “Hay que dejar de tratar el sexo como una especie de obligación. El sexo es realmente divertido, pero también puede doler y sentirse mal. Y es algo que no deberíamos tener miedo de mencionar, hay que darle importancia”.

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