Yago y su siniestro ser

“Otelo” fue escrita hace 420 años y es considerada una de las cinco obras maestras del extraordinario William Shakespeare. Los conocedores la catalogan como un drama o tragedia, ya que está basada en rencores y venganzas. Yago es el personaje antagonista de Otelo, de quien fungía como su alférez, que era un grado militar menor dentro de los oficiales que estaban al servicio del gobernador. De hecho, de ahí parte en buena medida todo el infortunio que se desarrolla en la obra: Yago odia a Otelo y nunca lo perdona por haberle otorgado el grado de Capitán a un oficial (llamado Casio) y no a él, que por supuesto lo deseaba y del que se sentía merecedor por encima de cualquier otro.

A partir de este desaire, Yago se dedicará a sembrar el odio y la intriga en la vida de Otelo y de quienes le rodean. Los celos viven en él y dedica toda su alma y energía a construir los complots que habrán de terminar, justamente, en tragedia. La frustración se apodera de sus sentimientos y lo convierte poco a poco en un traidor y un villano que, por cierto, ama el protagonismo, lo cual se refleja incluso en el número de parlamentos del personaje, que superan a los del mismo Otelo.

A Yago solo le importa él, y lo que se diga de él. Por ello, conforme se desarrolla la trama, se va convirtiendo por momentos en el personaje central, ya que todos los demás terminan reaccionando -voluntaria o involuntariamente- a lo que él hace. Es decir, él va marcando la “agenda” de la obra. Todo lo que va planeando y llevando a cabo está siempre guiado por el odio, el resentimiento y la envidia; nunca habrá de superar sus complejos y limitaciones, nunca será capaz de superar el hecho de que no logrará ser quien aspiró a ser.  No vamos a contar más, solo adelantaré que el final de este ilustre personaje es, casi, el que se merecía.

Pero pasando a otro tema, del que desafortunadamente no podemos dejar de llamar la atención, es lo sucedido en Lagos de Moreno, Jalisco. Lo atroz, lo bárbaro e inhumano, que ya no tiene pausa ni mucho menos fin.  La noche del pasado 11 de agosto, madrugada del 12, desaparecieron cinco jóvenes tras haber asistido a un evento en la feria de la localidad. Uno de ellos todavía se comunicó con su familia para avisar que ya iría a casa. No llegó.

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El domingo 13 se reportó oficialmente su desaparición y la Fiscalía del estado comenzó las investigaciones. Entre ese día y el lunes 14 circuló un video con imágenes desgarradoras, donde se ve que los cinco jóvenes habrían sido víctimas de tortura y posiblemente asesinados en condiciones inenarrables.  El martes 15 fue encontrado uno de los vehículos en los que supuestamente se trasladaban las víctimas y el miércoles 16 se encontraron 4 cuerpos calcinados que aún se investiga si pudiesen ser los de los desaparecidos. Ese mismo día, durante la conferencia mañanera del presidente López Obrador, se le quiso cuestionar sobre los hechos ocurridos en Lagos de Moreno. El presidente dio por terminada la conferencia, pero varios de los reporteros ahí presentes insistieron -incluso con gritos- para obtener alguna declaración de su parte. Ya se dirigía a la salida del salón, pero se detuvo para repetir varias veces que “no oía”, que “no escuchaba” las preguntas, cuando resultaba más que evidente lo contrario. Incluso se dio el tiempo para contar un chistorete, de esos que tanto le gustan, haciendo referencia a su supuesta sordera a conveniencia.

Al día siguiente, después de innumerables críticas por su indiferencia y conducta tan poco sensible y empática, dijo que “no tenía por qué disculparse” por aquello que muchos incluso calificaron como una burla de la mayor bajeza. Dijo lo de siempre, que todo era una mentira, un montaje de los medios de comunicación, de los conservadores, de la mafia del poder. Démosle por un momento el beneficio de la duda, pero si fuera así, ¿por qué él mismo no hizo ningún pronunciamiento sobre esto el día anterior? ¿por qué no hizo ninguna declaración hasta que la opinión pública se le vino encima? Aun así, lo único que atinó a decir fue que “ya se estaba investigando”.

El viernes 18, aún con el miedo y el temor a flor de piel, los habitantes de Lagos de Moreno salieron a las calles a marchar en silencio y a realizar una vigilia de oración por los jóvenes desaparecidos. El sábado 19 se reportó, ahí mismo, un enfrentamiento armado entre delincuentes y elementos de la Guardia Nacional durante un patrullaje, con un saldo de un muerto y varios heridos.

Hoy no sabemos aún nada de lo que en realidad sucedió, y desgraciadamente no podemos asegurar que algún día lo sabremos. Ya nos acostumbramos a no tener respuestas. La certeza que sí tenemos es que el presidente, otra vez, acabó siendo (haciéndose) la víctima, por encima de los desaparecidos, del dolor de las familias, de las verdaderas víctimas. Otra vez todo es sobre él, alrededor de él, igual que Yago y su siniestro ser.

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Abelardo Alvarado Alcántara

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