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Un día de coronavirus

Sin duda son tiempos aciagos. Todo es motivo de discusión, todo es político. De verdad que resulta tremendamente cansado. No hay nada que no se vaya a englobar en las filas de la disputa política.

Mientras esta es la forma de comportarse de nuestros políticos, los ciudadanos de a pie, siguen tardando días en obtener una cama de hospital. Encontrar al abuelo Pedro, con dificultades para respirar, un oxímetro, comprobar que su oxigenación es de 65% y que eso encienda las alarmas. Empezarse a preguntar entre toda la familia que sigue: ¿A dónde lo llevamos? ¿Qué debemos hacer? 

Esta enfermedad nos ha tomado tan desprevenidos que las respuestas a estas dos simples preguntas son tan distintas en cada caso que en la respuesta oportuna y correcta se debate la vida de un mexicano.

La familia García despertó un viernes con tranquilidad, el patriarca despuntaba algunas molestias, ninguna para preocuparse. A las 9 de la mañana sus molestias, que empezaron con un poco de tos, ya se habían multiplicado e incluían dificultades para respirar. A las 10 de la mañana el patriarca ya estaba en el coche de uno de sus hijos que planeaba llevarlo a evaluar a un hospital militar; a las 10:15 iniciando el trayecto, el abuelo ya no estaba respirando normalmente, de hecho esta función se estaba volviendo un suplicio.

El hijo tomó la determinación de llevarlo a un hospital más cercano. En específico el INER, que ha sido el epicentro de la lucha y el conocimiento en contra del COVID. A las 10:43 antes de poder llegar a Calzada de Tlalpan, en donde está el Instituto de Enfermedades Respiratorias, el patriarca murió sin siquiera poder tener un doctor junto que pudiera explicarle como demonios sus pulmones abandonaron toda posibilidad de darle oxígeno.

Esto que acabo de describir es una crónica novelada y sintética de lo qué pasó con el padre de un muy cercano y sempiterno colaborador. Pero estoy cierto que se puede repetir, cambiando algunos signos de puntuación por miles.

Cuánto dolor innecesario. Cuántas lagrimas y cuántas familias incompletas. A ver: me queda claro que gran parte de esta realidad no puede ser totalmente endilgada a la estrategia federal de lucha en contra del pinche virus. Pero, ¿Cuántas vidas se hubieran salvado si el lambiscón del doctor Chimoltrufio hubiera recomendado públicamente cubrebocas al presidente? Que por su video, como en alma en pena palaciega, evidentemente la está pasando mal.

Y que quede claro, no he hecho esta crítica de a Lopez-Gatell de contentillo. De hecho no me parece un antes y un después el libro “Un daño irreparable: La criminal gestión de la pandemia en México“ de Laurie Ann Ximenez, por que independientemente de los aciertos científicos de su obra, no ha cambiado nada que no fuera señalado por periodistas y entendidos al respecto de su desastroso ejercicio.

Si algo podemos desear los mexicanos después del contagio del presidente de COVID, es que sea sensible de que este virus es un golpe de mula en el cuerpo, y que la irresponsabilidad de su vocero en el tema minimizándolo, le merezca una patada en salva sea la parte y lo mande lejos para nombrar al frente a alguien que no sea displicente al respecto.

No dejo de reconocer los ataques políticos que se asociaron con la salud del presidente. Pero de la misma forma debe de darse cuenta de la poco eficacia de su aparato de comunicación social fuera de las mañaneras. En el ejercicio tempranero, los mensajes fluyen por los canales del circo diseñado por su vocero. Pero si se trata de un asunto de estado, nadie cree en su ejercicio de comunicación social, que no sea encabezado por él.

Por un lado es maravilloso para un mandatario que es el país entero. Pero cuando necesite mandar mensajes poderosos, para la gobernanza, para el buen funcionamiento del país, si su aparato de vocería es tan cuestionado, al grado de esperar una prueba de vida, debe de entender que falló. 

En suma ciudadano, si el bicho asqueroso le dolió, le puso en cama, usted sensible como lo sé, imagine como golpea a aquellos que usted decidió defender. El asunto no es menor, la falta de los muertos y las lágrimas irreparables. El dolor se extiende a las más de 158 mil muertes de mexicanos, que según el, fallido experto que usted,  como leal jefe ha apoyado designó para manejar la pandemia, mal calculó ya en casi más de 100 mil muertos adicionales, de ese escenario muy catastrófico de 60 mil muertos.

Ciudadano, si le dolió el pecho en este trance, sea empático y entienda que no debe de rendir la posición sino cambiar de alfil, y sino su proyecto pagará el jaque mate. 

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